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domingo, 27 de marzo de 2011

Historia sin escribir

Te invitaría a tomar un Té.
Iríamos a una confitería. Algo sencillo. Adornaría el clima un tango. Lo decoraría tu figura, no tanto por la silueta, sino por ese aire arrabalero que la acompaña. Entonces sería inevitable detenerme en cada uno de tus detalles; tu pelo, alumbrando con una oscuridad que aterraría a los últimos demonios; tus ojos, alternándose entre soñar, y fotografiar cada detalle del cúbico espacio en el que nos encontramos; tu boca, relamiéndose, en una dicotomía entre devorar su presa o rosarla con el más dulce cariño que jamás haya existido; tus orejas, oyendo la más hermosa poesía que el hombre ha tenido el valor de escribir; tu nariz, buscando algún otro espacio por el cual pudiera hacer ingresar el aire que, al igual que a mi, te falta por la ansiedad; tu postura, tus hombros, tus caderas, tu escote... todo en la medida perfecta que un ser tan especial como vos debe tener; y tus sueños, dándome la mano e invitándome a formar parte de cada uno de ellos.

Por desgracia nunca me gustó el té.

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