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lunes, 28 de julio de 2008

Una salida.

Una llamada, la confirmación, la preparación, el comienzo, la expectativa, un punto de reunión, el reencuentro, las risas, los amigos, el ocultismo, más risas, algunas fotos, algunos comentarios, el desahogo, la confianza, la confidencialidad, cigarrillos y un café.

Luego de eso llega algo más hermoso todavía: El retorno
La vuelta al comienzo, como si fuera un ciclo o una rutina, que se repite incansablemente.
La partida, bajo la luz de las estrellas y de la luna, cubierto por un velo de oscuridad de una noche a punto de morir.
El camino, con la mente a pleno, pensando en todo aquello que nos rodea, en lo mínimo que somos, en el por venir, envuelto en una capa de silencio(solo el sonido del viento se podía oír) y soledad que podría apaciguar hasta al ave mas adolorida. Cada paso perfectamente planeado, anunciando el regreso a mí morada, luego de un encuentro digno o no de mí. El camino se hace cada vez más corto, hay indicios de ansiedad, pero no de llegar a destino, sino ansiedad de que ese camino jamás se termine, tanta paz, tanta libertad, que siempre es opacada por los ruidos y luces de la ciudad, pero en ese momento, yo no estaba en la ciudad, estaba en mi ciudad, estaba en mi refugio, bajo la luz de las estrellas, en ese lugar utópico que generaba mi propio ser. Perfecto.

El fin, como era de esperarse, al poco tiempo me encontré en el palier, dispuesto a subir las escaleras, mire hacia atrás y recordé brevemente lo que fueron esos instantes de serenidad, trate de acordarme cada paso pero fue imposible, volvía a caer en la realidad, y yacía en mi lecho.

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