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lunes, 5 de mayo de 2008

Symbelminë


Symbelminë... (o no me olvides) son según Tolkien las florecillas blancas que crecen en las tumbas de los reyes.



No me olvides tu.


La hierba estaba aún humedecida por la primera lluvia de la mañana. El caballero yacía sobre ella, notando entre sus dedos los frescos tallos de las flores sobre las que había caído. Eran blancas, las symbelmine, las flores de los túmulos de los reyes. Había caído sobre un macizo de estas flores blancas y ahora no se podía mover. Pero ahora las flores se tornaban de rojo, cambiando bajo el peso del caballero. Era al fin y al cabo un lugar bonito, bello para morir. Roneryn, su caballo, yacía cerca de él mostrando su fidelidad hasta el final. Herido de muerte por un desgarrón en el vientre de cimitarra orca, aún resoplaba con los ojos vidriosos contemplando a su amo, malherido como él. Quizás no fuera ésta mala muerte para un caballero de Rohan, morir junto a su caballo tras un combate glorioso. En verdad lo había sido, se decía el joven rohir, un buen combate para el estreno de un caballero. Su lanza había hendido a dos de esas criaturas antes de romperse con la caída de Roneryn. Entonces luchó a espada y pudo resistir hasta que se rompió contra la cabeza del cuarto y último de sus enemigos, un gran trasgo de mirada siniestra armado con una lanza negra. El duro golpe de la hoja de la espada quebró yelmo y cráneo del orco mientras se rompía. Por desgracia la lanza ya se había clavado entre los anillos de la armadura del caballero, una pequeña herida en el costado de la que manaba la sangre lentamente. Pero no fue por ella por la que el caballero yacía en el suelo. Había algo siniestro en la punta de la lanza, una oscura ponzoña que había penetrado junto a la herida. Primero fue un mareo que le hizo caer de rodillas, después un adormecimiento que lo tumbó junto a las symbelmine, ahora la vista se nublaba y los fríos brazos de la muerte comenzaban a envolver al joven caballero. Al menos se alegró de que sus enemigos estuvieran abatidos y conservara, aún rota, su espada cerca de sus dedos. En aquel bello lugar, entre los pastos verdes manchados de sangre negra y las symbelmine manchadas de sangre roja, debía morir. Quizás un día alguien viera sus blancos huesos cubiertos por la armadura con una espada rota cerca de su mano, se apiadaría de su suerte y le concedería el descanso bajo tierra.

Con gran trabajo el joven empezó a levantarse. Sus manos cubiertas por guantes de recio cuero empezaron a presionar, aplastando las flores blancas y forzando al resto de su cuerpo a reaccionar. Su cabeza, su pecho y sus piernas intentaban reaccionar, con un enorme esfuerzo pero sin cesar de intentarlo. A pesar de las náuseas y la debilidad de sus músculos, debía seguir adelante. Consiguió incorporarse mientras seguía levantándose, con el último esfuerzo de sus músculos, hasta que el mundo volvió a ser algo que contemplaba desde su alta figura. Así de pie contempló el valle en el que había sido herido de muerte y su determinación le forzó a seguir adelante, a buscar a Gwydrelyn. Pero el primer paso volvió a la realidad las pobres esperanzas del caballero, sus piernas flaquearon, su fuerza se agotó y el suelo retumbó con su caída sobre la hierba mojada. Había sido vencido y no podría llegar hasta ella, las tinieblas le envolvían y todo se volvió oscuridad.

1 comentario:

nat dijo...

hola, tengo la costumbre de pasar por aca, normalmente me cuelgo leyendo las cosas que escribis, pero nunca firmo, porque se que si una persona se llega a enterar que paso por aca se va a enojar conmigo, pero bue, vale la pena.
Simplemte eso. Ah, por si acaso este post no lo lei, pero por lo demas que vi, me gusta el blog.
besos